domingo, 30 de junio de 2024

Poder, cultura y arte. Introducción








 En el presente ensayo me propongo hacer algo que hoy en día está muy mal visto: mezclar (no confundir) el arte y la cultura con la política. Estas dos irrenunciables actividades humanas se convirtieron en prioritarias con el paso del mito al logos, es decir, cuando en la antigua Grecia la humanidad se tomó la molestia de organizar la vida en común mediante la argumentación racional y no a través de los tradicionales relatos asumidos sin crítica. Dos de los primeros inventos de la inteligencia fueron la política y la tragedia griega en donde se discutía acerca del sentido de la justicia; sin embargo, en la actualidad insistimos en la extravagante ideología de hacer de los temas políticos un asunto privado y del arte una cuestión de gusto. La paradójica consecuencia de este proceso es la conversión de la cultura en el más “noble sustituto de la política”, al menos así es como piensa Wolf Lepenies, sociólogo prusiano al que sorprendió descubrir que esta teoría suya que él creía exclusiva de Alemania había sido utilizada por Hans Magnus Enzensberg, no para referirse a ese país de “poetas y pensadores” idealistas, sino a España.

Teatrocracia

La ideología está siempre presente en el arte y en los textos, ya sea criticando el orden social o dándolo por sentado. Para Jacop Burckhardt, el Estado era una obra de arte y el lujoso atuendo con el que se exhibían los déspotas “no intentaba tanto satisfacer su propia vanidad personal como impresionar la fantasía popular”. George Balandier recuerda la relación que Maquiavelo encontró entre el arte del gobierno y el arte de la escena. Para él, la teatrocracia está detrás de cada regulación social establecida por el poder y consentida como propia por parte de los gobernados. Una mirada estrictamente formal de la Anunciación con San Emigdio, de Carlo Crivelli (1486) que prescindiese de la propaganda política de la autonomía de la ciudad de Ascoli Piceno, del fervor religioso y de la jerarquía social sería tan falsa como disfrutar de una escena de caza sin trompas y sirvientes: es decir, sin esas cosas que un ciego y temerario impulso habían hecho creer a Descartes que existían fuera de él.

El Renacimiento humanizó la cultura, pero a través de la pluma de quienes escribían en latín para que no les entendiese el vulgo o mediante las conmovidas expresiones de los piadosos y emprendedores burgueses que, al igual que los escribas de los que nos previene el Evangelio (Marcos. 12,38-44), gastaban su dinero en enriquecer sus capillas, en ornamentar las calles o en practicar la limosna para mejorar su influencia dentro de la iglesia, escalar políticamente o justificar ante la sociedad sus actividades lucrativas contrarias a los preceptos cristianos que prohibían la usura. El confinamiento de lo sensible al mundo interior y el afán de ciertos “benefactores sociales” por esculpir su escudo de armas junto a los ideales humanistas ha hecho que el arte solo arroje sobre los dominados una mirada de piedra. 

Del cuerpo al suprematismo

Para Aristóteles, el solitario era una bestia o un dios y durante el feudalismo, quien andaba solo era un loco; el ser humano era un nudo en una red (familia, gremio, estamento, cosmos). Con la modernidad, se cortan los hilos y aparece la unidad aislada. El individuo aparece en la historia moderna como unidad contable y como sustancia que piensa en detrimento de quienes trabajan manualmente. Para Descartes, el individuo es el espíritu que gobierna la máquina del cuerpo cuya misión consiste en imponerse socialmente y dominar la naturaleza. Este proceso de descarnalización no ha dejado de avanzar. Primero con la mónada aislada que forma parte del orden que dios ha elegido:: algo puramente metafísico y sin extensión (sin cuerpo). Más elaboradamente con Kant: el ser humano tiene más de forma que de sustancia. En ambos casos, el ser humano es tan abstracto como el valor de cambio. Cuando se antepone la esencia humana solo es para imponer el alma frente al cuerpo. En el arte, esto se traduce en el paso del retrato carnal al cubismo y al suprematismo: Estructura del pensamiento o forma pura.




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