Entre tantos oficios ejerzo éste que no es mío,
como un amo implacable
me obliga a trabajar de día, de noche,
con dolor, con amor
Juan Gelman
I De
mi propia cosecha he aprendido muy poco, pero con la profunda
atención de quien oye llover (José
Bergamín) he leído a otros más talentosos. Las conversaciones que
a solas he mantenido con sus obras son el tema del presente ensayo o
conjunto de pretextos.
Los libros que más me han ocupado a lo largo de mi vida han sido
aquellos que ofrecían una interpretación del mundo o un proyecto
para cambiarlo, pero ni en los más fecundos de estos diálogos he
llegado a descubrir el sentido de la vida, lo que me hace pensar que
solo hemos nacido para morir. Pese a ello, sin el perfume que los
libros dejaron en mi vida no habría tenido fuerzas para volver a
empujar la barca cada mañana. Lo mismo puedo decir del tipo de
música que aspira a algo más que romper el silencio, ya se trate de
la perturbadora ópera Lulú,
de Alban Berg o de las misteriosamente apacibles composiciones para
viola de gamba y teclado escritas por Couperin, notas sutiles e
inmensas que contrastan tanto con la pompa y las fanfarrias
versallescas como con el actual adocenamiento.
Los
personajes literarios más realistas no son aventureros, héroes ni
villanos, sino mujeres y hombres complejos, cuyas pasiones y
contradicciones tienen lugar en la vida cotidiana ante la
indiferencia social. Como todos nosotros son personas
insatisfechas que no logran expresar la causa de su frustración, de
ahí la importancia de los silencios que favorecen la reflexión y
hacen dudar acerca de la propia calificación de la obra como
tragedia o comedia. Hay escritores que hacen que sus personajes tomen
decisiones con las que no siempre estará de acuerdo el lector, pero
ninguno tan nocivo como el que le trata de hacer creer que existen
personajes ideales, ya sean reales o ficticios. Por su culpa creemos
alcanzar la
sabiduría del desengaño, pero una segunda lectura demuestra que
aquello no era más que la gran decepción que vienen sufriendo todos
los ilusos a lo largo de la historia, ya se trate de la
confusión entre el vivir y el soñar del barroco para quien la vida
auténtica es posterior a la muerte o de la desilusionada novela
burguesa que, como escribe Lukács, no hace otra cosa que dar
testimonio contra sí misma en la medida en que nos presenta el
fracaso de sus “cadáveres vivientes” una vez consolidado, es
decir, sin mostrar el proceso del que ha resultado. La caída en
picado que desde entonces han experimentado el arte y la cultura
justifica que buena
parte del éxito de la posmodernidad consista en explotar y renovar
constantemente la relación entre deseo y frustración. Según
Sartre, el instante de reflexión al que llega Sísifo es la lucidez
sin esperanza que alcanzamos cuando los decorados se desploman.
II Las perlas no hacen el collar; es el hilo. G. Flaubert
Mis
conocimientos y habilidades solo me permiten ser un mero glosador de
la obra de otros, una especie de exégeta medieval que escribe para aprender y cuyo único mérito
consiste en tratar de desbaratar el orden impuesto por el idealismo
culturalista, no en favor del nuevo Desorden
mundial que
promueven las grandes fortunas, sino para rearmarlo todo en su
versión no autorizada, es decir, desde el punto de vista de quienes
ocupan el banco inferior de los remeros, mujeres y hombres cuyo
testimonio ha sido silenciado, unas veces de forma violenta y otras
privándolos de las capacidades y los medios necesarios para
comprender los motivos por los que nunca cumplirán sus sueños. Para
ello, interpretar su propia experiencia contra el relato hegemónico
nunca ha sido fácil. No solo porque este se ha consolidado a lo largo de la historia y porque quienes lo han elaborado han sido los mejores teóricos, sino porque, como escribe Horkheimer, el sistema solo puede ser criticado por quienes viven de él. "Los otros, los que tienen la ocasión de conocerlo desde abajo, son desarmados mediante la despreciativa connotación de que están amargados, deseosos de venganza, son envidiosos". De las “corteses y hambrientas
razones” de uno de esos otros gigantes sobre cuyos hombros
empapados de sudor
barato
(Ángela Figuera)
también nos hemos alzado (Sancho) he aprendido que no hay mayor
virtud que la buena voluntad ni peor defecto que la falta de respeto,
básicamente porque ambas están al alcance de todos. Don Quijote y el canónigo de Toledo, posible interlocutor de Cervantes, dan a Sancho el mismo consejo; para ser buen gobernador, lo primero es tener buena intención. Acerca de los
desconsiderados, parafraseando
a Luciano Canfora podríamos decir de ellos que su mayor placer es
decir que NO a los infelices. Según Borges, lo más importante de
un autor también es su entonación
En
ocasiones, lecturas que iluminan la existencia me han enmudecido de
tal manera que cualquier cosa que hubiese dicho yo habría sido decir
menos. Este es el caso del drama social de John
Boynton Priestley titulado Ha
llegado un inspector del
que solo me he atrevido a tomar una cita y
de Los hundidos y
los salvados,
de Primo Levi, ensayo al que solo he podido unir otra frase del mismo
autor para comentar su relación con Jean Améry. En
realidad, quien no reciba un relámpago de entendimiento con la
lectura de tales obras no lo recibirá de comentario alguno. Por contra,
escritores o textos de renombre o no me gustaron o no los entendí.
Entre los primeros está Haruki Hurakami; entre los segundos,
paradójicamente, el poema de Octavio Paz titulado “Vida sencilla”.
Cuando el penúltimo verso de este poema dice que aspira a que al
morir le alcance el perdón siempre me he hecho las mismas preguntas:
¿perdón de qué y de quien? El libro es un tema de discusión, pero
su lectura se dificulta cuando se convierte en paradigma o se le han
dedicado innumerables ponencias. Estos breves textos son una excusa
para aportar mis opiniones de manera problemática y transversal, es
decir, estableciendo relaciones discutibles que poco o nada tienen
que ver con las reseñas habituales o con la enumeración de datos
biográficos a los que cualquiera puede acceder sin gran esfuerzo.
Juan de Mairena
sabía que los libros son vida acumulada, por lo que es imposible
fijar fronteras entre la literatura, la realidad y la filosofía.
Cuando digo que mis ensayos no cuentan nada nuevo no lo hago con
falsa modestia. Soy un mediador que tiene muy presente la opinión de
Iván Petróvich Voinitski acerca de su cuñado: "...este
hombre, durante exactamente veinticinco años, escribe sobre arte sin
comprender absolutamente nada de arte…Durante veinticinco años
exactamente, mastica las ideas ajenas sobre realismo, naturalismo y
toda otra serie de tonterías…Durante veinticinco años lee y
escribe sobre lo que para la gente instruida hace tiempo es conocido
y para los necios no ofrece ningún interés…". Por si fuera
poco, la presencia en las páginas que siguen de algunos autores es
mayor de lo que dejan ver las numerosas citas o referencias expresas
que hago de sus obras. Pese a todo, suscribo lo que dijo Charles
Bukowski acerca de sus versos: he hecho poemas horribles, pero no tan
horribles como muchos de los que he visto publicados.
III Inevitablemente,
la palabrita ≪yo≫ aparecera en estas paginas con mas frecuencia de lo
deseable, sobre todo, siempre que no pueda sin mas atribuir también
a terceros mi experiencia personal. J.
Amery
Uno
de los capítulos más introspectivos y que más veces ha cambiado de
nombre de este ensayo se titula Yo lo vi y pronto sabré quien soy, conjunción de un verso de Borges y de una anotación
manuscrita por Goya en una estampa en la que representa los
sufrimientos de la población en pleno avance de las tropas francesas
mientras el clero y los propietarios huyen abrazando una bolsa de
dinero. Primero pensé titularlo Confesiones, no por
envanecimiento autobiográfico ni porque pretendiera imitar a San
Agustín, sino más bien por todo lo contrario. En
el primer caso porque mis experiencias carecen de interés. Es verdad
que son las de una generación acerca de la que todavía queda casi
todo por decir, pero soy incapaz de hablar de ellas de forma
impersonal. En el segundo, porque lo que necesito es recuperar la
concupiscencia antes de perderla por completo. También porque la intención de Agustín tenía
más de adoctrinamiento que de autognosis. Rechazo
toda celebración de la Felix Culpa,
pero especialmente la que surge del error. Agustín no dominaba la lengua griega, lo que le hizo malinterpretar a San Pablo con el lamentable resultado de condenar injustamente a quienes aún
no habían nacido por un olvidado pecado original para luego
consolarlos ideológicamente en la esperanza. Como
escribe F. Hinkelarnrnert,
Agustín usa palabras de Pablo para designar lo contrario de lo que
para él significaron. Los Padres de la
Iglesia ya se habían referido al pecado original, pero ni ellos
ni las Sagradas Escrituras lo presentaron de forma tan alevosa como
el severo Doctor de la Gracia. Agustín, quizás para compensar sus propios excesos de juventud, no
se conformó con entenderlo como una herencia que recibimos
pasivamente de Adán y Eva, sino como la perversa conducta que cada
uno de nosotros renueva por culpa de un deseo sexual que ni José
Arcadio Buendía ni Úrsula pudieron reprimir pese a temer que su
hijo naciese con un rabo de cerdo. Agustín debió sufrir tanto como Cioran pensando que los santos habían surgido
de un espermatozoide. Ni a los pintores de la Edad Media
ni a Miguel Ángel en los frescos que decoran la Capilla Sixtina se
les ocurrió representar a Adán y Eva sin ombligo, cicatriz
innecesaria para quienes no habrían nacido de mujer. En general,
todas las religiones cargan con temores y culpas irracionales a
quienes eran buenos desde antes, sin que a cambio logren hacer bueno
a ningún malo.
IV
Escribir es vivir. José Luis Sampedro
Después
de tantas muertes y resurrecciones o en medio de la sucesión de
faros y calamidades en que consiste el Gran teatro del mundo
no es difícil que a uno se le ocurra algo acerca de lo que ha vivido
o leído en los grandes libros. A su vez, escribir aviva la reflexión
personal, de ahí que me sorprenda que haya personas que no escriben,
aunque solo sea como desagravio o para dejar constancia de la
imposibilidad de comprender la insensata ficción que nos envuelve.
Me pregunto que harán estos ágrafos con las penas que junto a
ellos durmieron fatigadas de la lucha diaria para ofrecer batalla con
mayor furia al despuntar la alborada (Juan Ramón Jiménez).