Anton Chéjov y la literatura rusa. Introducción
LA TRAGEDIA GRIEGA. Pasado y presente. Introducción
Prometeo ha ayudado de forma consciente a los humanos por compasión y para crear un contrapeso al poder absoluto del Olimpo, por lo que espera el dolor, lo desafía y lo enfrenta con dignidad revolucionaria. La mortal Ío también padece el castigo de Zeus, pero no por sus actos, sino por capricho divino. Ío sufre una alienación total: solo puede emitir mugidos, pierde su forma humana y huye del dolor empujada por el tábano. Hefesto ha sido el verdugo de Prometeo. Lamenta su dolor, pero ejecuta la orden de encadenarlo. Los personajes Poder y Fuerza también están al servicio de Zeus. Uno, ni tiene empatía ni cuestiona las órdenes. El otro no habla porque no necesita argumentos. Océano es el oportunista que se presenta como supuesto mediador que aconseja a Prometeo no rebelarse y pedir perdón. Su política es la del apaciguamiento, que solo sirve al tirano. Hermes es "el lacayo de los dioses": el funcionario perfecto del régimen que se muestra arrogante con los de abajo y servil con los de arriba. El poder no solo se sirve de todos estos personajes para castigar a quienes no se doblegan, también para obligarlos a reconocer que estaban en un error. A lo largo de la obra, el Coro (las Oceánides) había actuado de la manera tradicional: pidiendo cautela a Prometeo y acatando el poder. Pero cuando llega la hora de elegir, Prometeo y el Coro entienden que aceptar el consejo de Océano es una traición, que ceder ante Hermes es una derrota política y que someterse a Fuerza es una muerte espiritual. El Coro elige la lealtad antes que la seguridad, Zeus desata su furia cósmica, la tierra tiembla y el cielo se desgarra entre truenos y relámpagos. Prometeo y el Coro se hunden juntos en el abismo, manteniéndose firmes hasta el final mientras la tierra se abre y el cielo se desploma.
EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE NOVIEMBRE. Introducción
La libertad y la democracia española de 1978 abrieron muchas puertas, pero en la década de los ochenta volvieron a quedar cerradas para la enésima generación “perdida”: jóvenes que se habían marchitado en los programas televisivos del tardofranquismo y que ahora se debían conformar con una “movida” falsamente transgresora sin más base económica ni cultural que la de quienes se forraron a costa de las privatizaciones y los saraos nocturnos a cuya salida esperaba el pasado. La Generación de los ochenta española se sigue viendo como una panda de hedonistas superficiales que solo querían beber y drogarse. Pero ese hedonismo no era falta de compromiso, sino consecuencia de una realidad económica y política que les dejó sin las oportunidades anunciadas. La estética de neón y los sintetizadores ocultan una realidad de orfandad institucional. El “No Future”, popularizado en Europa a mediados de los años setenta llegó a España con cierto retraso y también con particularidades. A diferencia del punk británico, que era perseguido por el sistema, la Movida fue financiada y promocionada por los primeros ayuntamientos democráticos y el gobierno del PSOE. El lema del alcalde Tierno Galván, "¡Rockeros: el que no esté colocado, que se coloque!", es el ejemplo perfecto de un poder que decía: "Divertíos y no hagáis política". Tras el desencanto de la Transición, los sindicatos y los movimientos vecinales perdieron fuerza. El poder vio en la "modernidad" una forma de canalizar la energía juvenil hacia el consumo, el arte y el ocio, alejándola de las huelgas y la militancia radical. España necesitaba proyectar al exterior que ya no era un país gris y dictatorial. La Movida fue la "marca España" perfecta: joven, colorida y liberal, ocultando bajo el neón la reconversión industrial y el paro estructural que estaba destruyendo los barrios obreros. Mientras en las canciones se hablaba de botes de Colón o de chicas de ayer, en los barrios periféricos la heroína hacía estragos. El sistema permitía (o ignoraba) el consumo descontrolado porque un joven "enganchado" o centrado solo en la fiesta era un joven que no cuestionaba el orden económico.mientras Arthur Seaton en la novela de Sillitoe se rebelaba contra el sistema mediante el ocio, en España el sistema abrazó el ocio para que la juventud no se rebelara contra él.
El relato oficial vendía la Transición como una fiesta de libertad y se desentendieron del resto. Se subvencionaron conciertos y revistas modernas, pero se descuidó la responsabilidad sobre los alumnos y se rompía el tejido industrial que les debía dar empleo. Cuando la realidad del paro y la precariedad les golpeó, muchos sintieron que habían fracasado personalmente, cuando lo que había fracasado era un sistema económico y político que no los tuvo en cuenta. Se fomentó el individualismo para culpar a los que iban cayendo en el averno por no haber sido lo suficientemente espabilados o responsables. Culpabilizar a la víctima descargando el peso en la familia libera a la sociedad. Fueron los conejillos de indias de una libertad para la que nadie les dio recursos. Fue una generación que creció en un limbo histórico: demasiado jóvenes para la lucha antifranquista, pero lo suficientemente adultos para recibir el impacto brutal de un cambio social violento y acelerado. La droga fue una epidemia que diezmó barrios enteros y justo cuando la libertad sexual empezaba a ser una realidad tras décadas de represión, apareció el "cáncer rosa". Para los jóvenes de los 80, el sexo y la muerte se entrelazaron de una forma traumática. En España se hacían ajustes duros para entrar en la Unión Europea y el paro juvenil alcanzó cifras astronómicas: en Andalucía, entre los menores de 20 años, llegó a superar el 50%. Muchos jóvenes se encontraron con que en el futuro brillante que prometía la democracia no había sitio para ellos. Se pasó de los neones de 1982 al rigorismo económico de los 90, dejando a los supervivientes de los 80 como caricaturas de un pasado que el país quería olvidar pronto para ser serio.
Hoy en día se suele mirar la estética de los 80 con una condescendencia burlona. Esa risa es una forma de negar el trauma. Es más fácil reírse de las hombreras y los pelos cardados que reconocer que debajo de ese maquillaje había una juventud que estaba siendo diezmada mientras el país celebraba su entrada en la modernidad. Como la generación de l868-7, la de los ochenta es también “aquella España que pasó y no ha sido”, pero de cuya pérdida todos se desentienden porque, al parecer, no tenía motivos para fracasar: vivieron la democracia en la imaginación. Todas las víctimas merecen reconocimiento, no solo algunas. Es muy fácil y políticamente rentable señalar las faltas del adversario o exigir reparación para víctimas que encajan en un relato ideológico concreto, pero es mucho más difícil reconocer a aquellas víctimas que ponen en evidencia la propia negligencia o errores de cálculo. Incluso dentro de los movimientos culturales de la época hay quienes, tras sobrevivir y prosperar, perpetúan el mito
Ideología. Definiciones incompletas. Introducción
Theodor Adorno. Introducción.
"La estupidez prospera porque es funcional al mantenimiento del statu quo: distrae, homogeneiza y neutraliza la capacidad del pensamiento crítico". Theodor Adorno
PRETEXTOS. Libros. INTRODUCCIÓN
"Ningún libro que hable de un libro dice más que el libro en cuestión". Italo Calvino
El ensayo es un género literario que no quiere ser como aquel retratista que, según Concepción Arenal solo sabía hacer perfiles. Al ensayo le sientan mejor las barricadas que las alambradas porque prefiere vivir abierto a la crítica entre la producción artística y la intelectual. El ensayo es argumentador, polemista y su materia es la reflexión personal, pero nunca la arbitrariedad, de ahí que se rebele contra el dominio de lo huero que nos hace tomar por extravagantes a quienes rechazan lo insustancial. En los textos siguientes abundan las referencias transversales porque, en mi opinión, tres de los problemas de la difusión cultural actual son su falta de causalidad, la reiteración de lo ya conocido y la incomunicabilidad entre las distintas “disciplinas”, no digamos ya entre estas y los puños crispados de la vida cotidiana en “donde ninguna mirada del Cielo penetra” (Las flores del mal, Baudelaire).
Le herida. Diálogos con los libros. Introducción
Entre tantos oficios ejerzo éste que no es mío,
como un amo implacable
me obliga a trabajar de día, de noche,
con dolor, con amor
MOLINOS, VENTAS Y REBAÑOS. Introducción.
“...la virtud más es perseguida de los malos que amada de los buenos” Don Quijote de la Manca, Miguel de Cervantes
En la superficie, Don Quijote de la Mancha es una comedia de enredos donde dos personajes opuestos viajan por España enfrentándose a situaciones disparatadas. Pero el Quijote es también una sátira social y una reflexión filosófica acerca de la libertad, la búsqueda de ideales, el valor de la lealtad y la crueldad social. La novela misma está construida sobre la contradicción y el conflicto, por lo que cualquier lectura que eluda la crítica y la polémica supone una traición.
Don Quijote y Sancho se enfrentan a un mundo injusto en el que todo se mueve por dinero, estatus o conveniencia. Don Quijote no se evade en paraísos imaginarios sin salir de su biblioteca: “¿Acaso es más extraña esta fantasía que la predestinación del Islam que postula un Dios, o que el libre albedrío, que nos da la terrible potestad de elegir el infierno?” (Borges). Los problemas de Don Quijote no se deben a que las extravagancias, sino a que su honradez innegociable no se puede mercantilizar. Su locura es el Gran Rechazo: la negativa a aceptar que la sociedad no deje espacio para la épica, la justicia desinteresada y la nobleza de espíritu. Si Don Quijote utiliza un lenguaje elevado, poético y arcaizante, no lo hace por presuntuosidad, sino porque la palabra conlleva responsabilidad y compromiso. Don Quijote rechazaría dos de las afirmaciones de Wittgenstein: “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo" y "de lo que no se puede hablar, hay que callar". León Felipe agradecía la lucha de Don Quijote por mejorar el mundo desde abajo porque “De gente bien nacida es agradecer los beneficios que reciben” (Don Quijote)
EL SER Y ESTAR DE ESPAÑA. Introducción
tan alto que yo me temo
que el ser que tu andas buscando
debe ser el Ser Supremo.
Una vez que lo encuentres
habláis los dos.
Chico Sánchez Ferlosio
El “ser de España” es un debate intelectual con pretensiones filosóficas acerca de la identidad española que se inició a finales del siglo XIX y que en las últimas décadas parece haber perdido interés. Es posible que las Cartas marruecas, escritas por Cadalso en respuesta a las Cartas persas de Montesquieu, sean un precedente de este tema, pero las fotografías de los buques españoles tras la batalla naval de Santiago de Cuba justifican por sí mismas la controversia acerca de dos viejos problemas. Por un lado, España, que había sido pionera en la formación del Estado moderno, no logró cohesionarse interiormente. Por otro, la imponente irrupción de España en la historia contrasta con su estrepitoso hundimiento. Lorenzo Hervás (1735-1809) había ofrecido un punto de partida realista cuando escribió que “los niños y niñas pobres dejarán de ir a la escuela porque querrán trabajar para comer; por tanto, para estimularles convendrá darles todos los domingos una limosna a los que asistan a la escuela”.
Buena parte de la Generación del 98 se propuso actuar políticamente para cambiar las cosas, pero a medida que algunos de sus miembros se integraban en la élite social fueron adoptando posturas cada vez más conservadoras. Su confortable posición social les permitió consolidar una visión reformista del regeneracionismo para la que el origen de los problemas de España ya no había que buscarlo en las estructuras económicas y sociales, sino en una rudimentaria interpretación del Volksgeist que Hegel había puesto en circulación el siglo anterior y en el socorrido carácter levantisco de los desposeídos. Asentado el determinismo histórico, ya podían centrarse en una actividad ensayística o literaria ajena a los problemas sociales, porque el objeto de análisis no era el estar ni el hacer de España, sino un ontológico «ser de España» en cuyo análisis pesaba más la búsqueda del alma que los prosaicos motivos que lo habían forjado o el rigor filosófico. “El motivo céntrico de mis ideas es la renovación espiritual de España”, escribió Ganivet en su Idearium español. Antonio Machado y José Ángel Valente lo dijeron con pocas palabras. El primero cuando se refirió a las generaciones españolas que “pasaron sin ser”; el segundo cuando afirmó que las generaciones son útiles “para salvar a los mediocres”.
La Europa de finales del siglo XIX se fracturó cultural e intelectualmente: por un lado, el positivismo y la nueva sociología; por otro, el modernismo y su gusto por las evasiones y lo esotérico. Por contra, la Generación del 98 se volcó en un patriotismo doliente y una búsqueda de la esencia española, a menudo enfocada en el paisaje de Castilla y la intrahistoria. A comienzos del siglo XX, historiadores vinculados a la Institución Libre de Enseñanza como Rafael Altamira abordaban la “psicología del pueblo español”, aunque sus propuestas de regeneración pedagógica solían quedar atrapadas en un bucle de mitos, arrogancias y remisiones a la divina providencia que hacían imposible separar la emoción y los intereses privados de la verdad histórica. Cuando no se comprenden los procesos o no se quieren reconocer los motivos que los ponen en marcha, no hay nada más fácil que echarle la culpa a la fatalidad, a la ausencia de grandes hombres que alguien trata de suplir o a la inferioridad de los explotados, ya sean pueblos, clases sociales o individuos.
Las ideas pueden ser equivocadas porque se vean condicionadas por el nivel de conocimiento de cada época, pero se convierten en ideología cuando dejan de ser ideas especulativas (Hegel) para imponerse a sabiendas de su falsedad. Ningún país está a salvo de esta manipulación, pero sus consecuencias son dramáticas en aquellos que con más fuerza se oponen a los cambios en épocas cruciales. El esencialismo del ser de España es un ejemplo de ello y la principal fuente de inspiración de sus mediocres intelectuales. Las incertidumbres propias del cambio de siglo y la tardía aparición del proletariado en España hicieron que algunos escritores reaccionarios se sintieran amenazados y recurriesen a un supuesto anarquismo o escepticismo para disfrazar su desprecio a quienes aportaban la base material que sustentaba sus propios privilegios. Los más anacrónicos se aferraron al casticismo y los más ponderados prefirieron hacer llamamientos a la ecuanimidad y a la calma frente a la urgencia desesperada de quienes veían cómo sus vidas se desperdiciaban en empleos repugnantes. La falta de implicación de quienes solo ven abstracciones en lo que desespera a los desgraciados les convierte en verdugos, pero, en este asunto, tenían fuentes eruditas a las que remitirse: según Montaigne, la entrega a una acción justa puede ser excesiva. Otras veces, este cinismo se trató de presentar como un distanciamiento ocurrente e irónico, pero el golpe de Estado de 1936 descorrió todos los velos.
Ilustrados, regeneracionistas, krausistas, filántropos e incluso socialistas utópicos han defendido teorías que, en su mayoría, coincidían en achacar los males de España al deficiente sistema educativo de su pasado y a las escasas posibilidades de mejorarlo que se atisbaban. En el año 1900, el 64 % de la población española era analfabeta, por lo que sus tesis estaban tan justificadas como su pesimismo, pero el análisis de matiz providencialista o moral del que surgen se queda en la superficie e ignora las raíces políticas y económicas del problema. Tampoco el cambio de siglo acabó con quienes lo atribuían todo a los sanos o a los malos instintos a fin de ahondar en el abismo, unas veces por masoquismo y otras por delirios nacionalistas centrales o periféricos. A unos les pueden servir los recuerdos de las heroicas gestas de un pasado cuyo relato desquiciado por autores como Julián Juderías hacía las delicias de Ramiro de Maeztu y de José María de Areilza, ministro franquista que trató de relacionar las críticas a la dictadura de Franco con la Leyenda Negra española. A la historiografía tradicional que idealizaba el pasado católico e imperial se sumaba ahora la glorificación de Franco, calificado por José Bergamín como la mayor vergüenza de España. Otros pueden recurrir a la visión pesimista de Lucas Mallada, quien en Los males de la patria analizaba las deficiencias físicas, climáticas y morales del país para argumentar una supuesta inferioridad del español; es decir, la otra cara de la moneda de la misma ideología que pretende hacernos superiores al resto. Pero ante tanta contradicción ontológica e incluso metafísica como la de Ganivet (“España es un país metafísicamente imposible»), prefiero no ser nadie: «un hombre con un grito de estopa en la garganta... un profeta irrisible que no acierta jamás” (León Felipe).
Socialismo y Crítica social. Introducción
La concreción del discurso político. Introducción
Bacía, Yelmo, Halo. Este es el orden, Sancho
León Felipe
“Nadie entre aquí que no sea dialéctico”
El derecho no se comprende desde sí mismo.
Poder, cultura y arte. Introducción
Para Jacop Burckhardt, el Estado era una obra de arte y el lujoso atuendo con el que se exhibían los déspotas “no intentaba tanto satisfacer su propia vanidad personal como impresionar la fantasía popular”. George Balandier recuerda la relación que Maquiavelo encontró entre el arte del gobierno y el arte de la escena. Para él, la teatrocracia está detrás de cada regulación social establecida por el poder y consentida como propia por parte de los gobernados. Una mirada estrictamente formal de la Anunciación con San Emigdio, de Carlo Crivelli (1486) que prescindiese de la propaganda política de la autonomía de la ciudad de Ascoli Piceno, del fervor religioso y de la jerarquía social sería tan falsa como disfrutar de una escena de caza sin trompas y sirvientes: es decir, sin esas cosas que un ciego y temerario impulso habían hecho creer a Descartes que existían fuera de él.
El Renacimiento humanizó la cultura, pero a través de la pluma de quienes escribían en latín para que no les entendiese el vulgo o mediante las conmovidas expresiones de los piadosos y emprendedores burgueses que, al igual que los escribas de los que nos previene el Evangelio (Marcos. 12,38-44), gastaban su dinero en enriquecer sus capillas, en ornamentar las calles o en practicar la limosna para mejorar su influencia dentro de la iglesia, escalar políticamente o justificar ante la sociedad sus actividades lucrativas contrarias a los preceptos cristianos que prohibían la usura. El confinamiento de lo sensible al mundo interior y el afán de ciertos “benefactores sociales” por esculpir su escudo de armas junto a los ideales humanistas ha hecho que el arte solo arroje sobre los dominados una mirada de piedra.
Del cuerpo al suprematismo
Para Aristóteles, el ser humano era un nudo en una red (familia, gremio, estamento, cosmos). Con la modernidad, se cortan los hilos y aparece la unidad aislada. El individuo aparece como unidad contable y como sustancia que piensa en detrimento de quienes trabajan manualmente. Para Descartes, el individuo es el espíritu que gobierna la máquina del cuerpo cuya misión consiste en imponerse socialmente y dominar la naturaleza. Este proceso de descarnalización no ha dejado de avanzar. Primero con la mónada aislada que forma parte del orden que dios ha elegido: algo puramente metafísico y sin extensión (sin cuerpo). Más elaboradamente con Kant: el ser humano tiene más de forma que de sustancia. En ambos casos, el ser humano es tan abstracto como el valor de cambio. Cuando se antepone la esencia humana solo es para imponer el alma frente al cuerpo. En el arte, esto se traduce en el paso del retrato carnal al cubismo y al suprematismo: estructura del pensamiento o forma pura.
Ensayos sobre música. Introducción
No todos los ruidos que salieron del fondo del primer charco son música, pero cuando se inventaron la rueda y la escritura ya existía la música. Los hallazgos arqueológicos permiten asegurar que los seres humanos vienen modulando el sonido de forma rítmica desde el umbral de los tiempos mediante la sucesión o la superposición de notas, es decir componiendo las melodías o armonías que constituyen el canto y la música: “las más puras y desinteresadas fruiciones de la vida” (Ramón y Cajal). El materialismo histórico también ofrece unas herramientas para afrontar nuestra personal experiencia musical: "Herder escribe que 'todo lo que suena en la naturaleza es música', pero no observa que hay un salto entre la naturaleza y un oído capaz de escuchar música, un artista...un instrumento. Es el salto constituido por la evolución social sobre la base del trabajo". (G. Lukács)
Fragmentos. Prólogo al lector
Trabajo. Introducción
Hablar de libertad (de expresión, de elección...) y democracia mientras las leyes garanticen el control sobre el trabajo ajeno es una forma de ensañarse con los oprimidos. Si al abandonar el mundo alguien me preguntara por los seres humanos diría que me despido asombrado de su falta de libertad, de su violencia, de la desigualdad que existe entre ellos y del desmedido poder que la jerarquía laboral otorga a determinados individuos sobre la vida de sus subordinados al margen de cualquier consideración intelectual o moral. Si por falta de tiempo tuviera que abreviar, me limitaría a decir tres palabras: división del trabajo.



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