Chéjov no necesitó villanos ilustres ni mártires de calendario para retratar la crueldad social: le bastó la inercia, la indiferencia y la mezquindad cotidiana. La genialidad de Chéjov consiste en mostrar cómo la gente común y educada, sentada a la mesa tomando el té o en una supuesta conversación amable, puede asestar el golpe más devastador mediante frases hechas y consejos cargados de la lógica del más fuerte. Los grandes protagonistas de Chéjov son personas corrientes que han trabajado toda la vida por sus allegados y que ven cómo esos mismos seres queridos actúan como voceros de quienes les dieron con las puertas en las narices. Devolver mal por bien, dejar solo al perdedor o repetirle lo que ya tuvo que escuchar de su ofensor es una indecencia. Pero si esta conducta proviene de aquellos por quienes el apaleado se ha sacrificado o este se encuentra en una situación de vulnerabilidad, la perversión solo parece al alcance de los depravados más cualificados de la historia. Sin embargo, por arduo que parezca, es algo que muchas personas logran a diario con toda naturalidad. En Dostoievski hay hachazos, parricidios, ataques de epilepsia, prostitutas santas y nihilistas que se pegan un tiro para demostrar su libre albedrío (Los demonios). Pero los cuentos de Chéjov aterran más porque es más probable encontrarse con un Trigorin o un Yegor Savich (Aniuta) que con un Svidrigáilov o un Fyodor Pavlovich Karamazov. De los monstruos de Chéjov que destrozan vidas sin hacer ruido tampoco se puede esperar el remordimiento de Raskólnikov, sino el encogimiento de hombros de quienes rodean a Akaki Akákievich.
En el cuento Ariadna, Chéjov aborda el choque entre la libertad de buscar una vida alternativa y la bajeza de hacerlo a costa del esfuerzo de quien renuncia a esas mismas aspiraciones para encadenarse a un repugnante empleo para pagar las facturas comunes. Ariadna Kotlóvich representa la figura estética de vanguardia que se siente por encima de las convenciones sociales, desprecia la mediocridad de provincias, rechaza el trabajo ordinario y reclama el derecho a perseguir el arte, el placer y el amor libre viajando por Europa. Hasta ahí, la narrativa podría parecer la búsqueda de un espíritu libre. Ella utiliza una retórica poética y elevada de autorrealización reprochando a Shamojin su preocupación por el dinero y los horarios. Presume de romper con las reglas de la sociedad, pero para financiar su rebeldía aplasta las expectativas de Shamohin, utilizando la culpa y el amor que siente por ella como fuente de ingresos. Lutóv, a quien ella tanto admira porque es la antítesis de Shamojin, no es más que la versión masculina y pseudointelectual de Ariadna. Se presenta a sí mismo como un librepensador, un hombre brillante y liberal que abomina del trabajo vulgar y de la estrechez de miras de la sociedad provinciana. Pero detrás de su retórica de sofisticación, es un parásito absoluto que vive sin reparo alguno del dinero de otros, mientras utiliza un discurso pretencioso. Con su fingida altura de miras, ambos le hacen ver a Shamojin que preocuparse por el dinero es de mentes vulgares y poco evolucionadas. El nombre del cuento no es casual: Chéjov utiliza una ironía trágica y sarcástica sobre el mito griego de Ariadna y el laberinto del Minotauro. En la mitología, Ariadna es la figura que sostiene el hilo dorado para guiar a Teseo a través del laberinto, permitiéndole vencer al monstruo y salir con vida. Es el símbolo del rescate, la salvación y el amor que guía hacia la libertad. Pero Chéjov invierte completamente este y otros mitos.



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