“Rompió a llorar, ¡y de qué manera!... Vertía lágrimas antiguas, lágrimas pertenecientes a otros días y que no habían brotado en tiempo oportuno”. Tormento, Benito Pérez Galdós
El ser de España es un debate intelectual con pretensiones filosóficas acerca de la identidad española que se inició a finales del siglo XIX y que en las últimas décadas parece haber perdido interés. Es posible que las Cartas Marruecas escritas por Cadalso a la manera de las Cartas Persas, de Monstesquieu sean un precedente de este tema, pero las fotografías de los buques españoles tras la batalla naval de Santiago de Cuba justifican por sí mismas la controversia acerca de dos viejos problemas. Por un lado, España que había sido pionera en la formación del Estado moderno, no logró cohesionarse interiormente. Por otro, la imponente irrupción de España en la historia contrasta con su estrepitoso hundimiento. Lorenzo Hervás (1735-1809) había ofrecido un punto de partida realista cuando escribió que “los niños y niñas pobres dejarán de ir a la escuela porque querrán trabajar para comer, por tanto, para estimularles convendrá darles todos los domingos una limosna a los que asistan a la escuela”.
Mientras la intelectualidad europea a finales del siglo XIX avanzaba hacia el modernismo, el positivismo o a nuevas formas de sociología, la Generación del 98 se volcó en un "patriotismo doliente y una búsqueda de la esencia española, a menudo enfocada en el paisaje de Castilla y la intrahistoria. A comienzos del siglo XX, historiadores vinculados a la Institución Libre de Enseñanza como Rafael Altamira seguían culpando de los males de la nación a la Psicología del pueblo español. Su propuesta de reformar las almas era un eslabón más de la cadena de mitos, arrogancias y remisiones a la divina providencia que hicieron imposible separar la emoción y los intereses privados de la verdad histórica. Cuando no se comprenden los procesos o no se quieren reconocer los motivos que los ponen en marcha no hay nada más fácil que echarle la culpa a la fatalidad, a la ausencia de grandes hombres que alguien trata de suplir o a la inferioridad de los explotados, ya sean pueblos, clases sociales o individuos. Las ideas pueden ser equivocadas porque se vean condicionadas por el nivel de conocimiento de cada época, pero se convierten en ideología cuando dejan de ser ideas especulativas (Hegel) para imponerse a sabiendas de su falsedad. Ningún país está a salvo de esta manipulación, pero sus consecuencias son dramáticas en aquellos que con más fuerza se oponen a los cambios en épocas cruciales. El esencialismo del ser de España es un ejemplo de ello y la principal fuente de inspiración de sus “intelectuales” mediocres. Las incertidumbres propias del cambio de siglo y la tardía aparición del proletariado en España hicieron que algunos escritores reaccionarios se sintieran amenazados y recurriesen a un supuesto anarquismo o escepticismo para disfrazar su desprecio a quienes aportaban la base material que sustentaba sus propios privilegios. Los más anacrónicos se aferraron al casticismo y los más ponderados prefirieron hacer llamamientos a la ecuanimidad y a la calma frente a la urgencia desesperada de quienes veían como sus vidas se desperdiciaban en empleos repugnantes. La falta de implicación de quienes solo ven abstracciones en lo que desespera a los desgraciados les convierte en verdugos, pero, en este asunto tenían fuentes eruditas a las que remitirse: según Montaigne, la entrega a una acción justa puede ser excesiva. Otras veces, este cinismo se trató de presentar como un distanciamiento ocurrente e irónico, pero el golpe de estado de 1936 descorrió todos los velos.
Ilustrados, regeneracionistas, krausistas, filántropos e incluso socialistas utópicos han defendido teorías que, en su mayoría, coincidían en achacar los males de España al deficiente sistema educativo de su pasado y a las escasas posibilidades de mejorarlo que se atisbaban. En el año 1900, el 64% de la población española era analfabeta, por lo que sus tesis estaban tan justificadas como su pesimismo, pero el análisis “eminentemente católico” (Juan Valera) del que surgen se queda en la superficie e ignora las raíces políticas y económicas del problema. Tampoco el cambio de siglo acabó con quienes lo atribuían todo a los sanos o a los malos instintos a fin de ahondar en el abismo, unas veces por masoquismo y otras por delirios nacionalistas centrales o periféricos. A unos les pueden servir los recuerdos de las heroicas gestas de un pasado cuyo relato desquiciado por autores como Julián Juderías hacía las delicias de Ramiro de Maeztu y de José María de Areilza, ministro franquista que trató de relacionar las críticas a la dictadura de Franco con la Leyenda Negra española. A la leyenda blanca (Unamuno) que idealizaba todo el pasado católico e imperial se sumaba ahora la glorificación del doblemente traidor Franco,la mayor vergüenza de España (Bergamín). Otros pueden recurrir a Lucas Mallada, supuesto fundador de la paleontología española que atribuía los “males de la patria" a una condena de la Providencia y a una supuesta inferioridad física e intelectual del español, es decir, a lo mismo que, según la ideología de los anteriormente citados, nos hace superiores al resto. Pero ante tanta contradicción ontológica e incluso metafísica como la de Ganivet, ("España es un país metafísicamente imposible") prefiero no ser nadie "un hombre con un grito de estopa en la garganta...un profeta irrisible que no acierta jamás" (León Felipe).

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