jueves, 3 de abril de 2025

Bacía, yelmo, halo. Este es el orden, Sancho (León Felipe). Introducción



Don Quijote se enfrenta a un mundo injusto en el que todo se mueve por dinero, estatus o conveniencia. Ni ese mundo ni las burlas y sufrimientos que padecen quienes no se adaptan a él han cambiado. Lo que hace de Don Quijote un personaje heroico es que no se queda en su biblioteca ni en mundos imaginarios. El mundo empuja al cinismo, pero atreverse a mejorar el entorno es el acto más radical del ser humano y el libro que trata de ello, el menos ficticio “¿Acaso es más extraña esta fantasía que la predestinación del Islam que postula un Dios, o que el libre albedrío, que nos da la terrible potestad de elegir el infierno?” (Borges). Tampoco los problemas de Don Quijote se deben a que sea raro. Al sistema no le molestan las extravagancias, sino la honradez innegociable. Ser honesto en un sistema degradado puede convertirse en una marca personal cuando se es creativo y distinto, pero dócil. Ser honesto es la forma más peligrosa de  ser diferente en un sistema podrido que utiliza la bondad para divertirse. Decir la verdad sobre la injusticia o la vacuidad de un discurso tiene un coste social elevado: la honestidad interrumpe el flujo de la complacencia de forma tan abrupta que cuando alguien actúa con desinterés resulta sospechoso. La sociedad actual castiga con más dureza al que intenta ser honesto que a quien intenta ser diferente. La diferencia ha sido, en cierta medida, mercantilizada o absorbida por el "marketing de la identidad", mientras que la honestidad sigue siendo un fallo estructural. El diferente puede ser ignorado o incluso celebrado como una curiosidad. Sin embargo, el honesto actúa como un espejo. Al negarse a participar en las pequeñas corrupciones cotidianas o en las mentiras institucionales, el honesto pone en evidencia la falta de integridad de los demás y es el único que todavía cree que las cosas podrían ser de otra manera. Alonso Quijano no se vuelve loco por ser original, sino porque le duele demasiado que el mundo de su tiempo ya no tenga espacio para la épica, la justicia desinteresada ni la nobleza de espíritu. La locura de Don Quijote es el Gran Rechazo: la negativa a aceptar que el mundo administrado y cruel sea la única realidad posible.  El lenguaje también sigue siendo un acto de rebelión porque su degradación y la de la sociedad van unidas. Si Don Quijote utiliza un lenguaje elevado, poético y arcaizante, no lo hace por presuntuosidad, sino porque la palabra conlleva responsabilidad y compromiso. La actual limitación y mutación del lenguaje quiere hacer cumplir algunas de las más inquietantes afirmaciones del determinismo lingüístico formulado por Wittgenstein: "Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo" y "de lo que no se puede hablar, hay que callar"


No hay comentarios:

Publicar un comentario