En la superficie, Don Quijote de la Mancha es una comedia de enredos donde dos personajes opuestos viajan por España enfrentándose a situaciones disparatadas. Pero el Quijote es también una sátira social y una reflexión filosófica acerca de la libertad, la búsqueda de ideales, el valor de la lealtad y la crueldad social. La novela misma está construida sobre la contradicción y el conflicto, por lo que cualquier lectura que eluda la crítica y la polémica supone una traición.
Don Quijote y Sancho se enfrentan a un mundo injusto en el que todo se mueve por dinero, estatus o conveniencia. Ni ese mundo ni las burlas y sufrimientos que padecen quienes no se adaptan a él han cambiado. Lo que hace de Don Quijote un personaje heroico es que no se queda en su biblioteca ni en paraísos imaginarios. El mundo empuja al cinismo, pero atreverse a mejorarlo es el acto más radical del ser humano y el libro que trata de ello, el menos ficticio. “¿Acaso es más extraña esta fantasía que la predestinación del Islam que postula un Dios, o que el libre albedrío, que nos da la terrible potestad de elegir el infierno?” (Borges). Tampoco los problemas de Don Quijote se deben a que sea raro. Al sistema no le molestan las extravagancias, sino la honradez innegociable. Ser honesto en un sistema degradado puede convertirse en una marca personal cuando se es creativo y distinto, pero dócil. Ser honesto como Don Quijote es la forma más peligrosa de ser diferente en un sistema podrido que utiliza la bondad para divertirse. Don Quijote dice la verdad sobre la injusticia, pero su discurso tiene un coste social elevado porque interrumpe el flujo de la complacencia. La sociedad no castiga a Don Quijote por ser diferente, sino por ser honesto. La diferencia se puede mercantilizar, pero la honestidad es un fallo estructural. El diferente puede ser ignorado o incluso celebrado como una curiosidad, pero el honesto actúa como un peligroso espejo. Alonso Quijano se vuelve loco porque le duele demasiado que el mundo de su tiempo ya no tenga espacio para la épica, la justicia desinteresada ni la nobleza de espíritu. La locura de Don Quijote es el Gran Rechazo: la negativa a aceptar que el mundo administrado y cruel sea la única realidad posible. El lenguaje también sigue siendo un acto de rebelión porque su degradación y la de la sociedad van unidas. Si Don Quijote utiliza un lenguaje elevado, poético y arcaizante, no lo hace por presuntuosidad, sino porque la palabra conlleva responsabilidad y compromiso. La limitación y mutación del lenguaje quiere hacer cumplir algunas de las más inquietantes afirmaciones del determinismo lingüístico formulado por Wittgenstein: "Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo" y "de lo que no se puede hablar, hay que callar". Como escribe Kurt Lenk “el rechazo del problema de la verdad es la consecuencia necesaria de la neutralización del concepto de ideología” por parte de la sociología del conocimiento. La razón pierde su autonomía y toda cosmovisión, todo pensar, “se convierte en mera manifestación o función de una trama de vida social que se concibe tan dinámica cuan irracional”. Si la realidad carece de justicia, de libertad o de racionalidad, la conciencia debe mantener viva la exigencia de aquello que falta. Esto es lo que hace Don Quijote, mientras que resignarse, recurrir al pragmatismo o al realismo cínico es ideología.

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