Entre tantos oficios ejerzo éste que no es mío,
como un amo implacable
me obliga a trabajar de día, de noche,
con dolor, con amor
Juan Gelman
I De mi propia cosecha he aprendido muy poco, pero con la profunda atención de quien oye llover (José Bergamín) he leído a otros más talentosos. Las conversaciones que a solas he mantenido con sus obras son el tema del presente ensayo o conjunto de pretextos. Los libros que más me han ocupado a lo largo de mi vida han sido aquellos que ofrecían una interpretación del mundo o un proyecto para cambiarlo, pero ni en los más fecundos de estos diálogos he llegado a descubrir el sentido de la vida, lo que me hace pensar que solo hemos nacido para morir. Pese a ello, sin el perfume que los libros dejaron en mi vida no habría tenido fuerzas para volver a empujar la barca cada mañana. Lo mismo puedo decir del tipo de música que aspira a algo más que romper el silencio, ya se trate de la perturbadora ópera Lulú, de Alban Berg o de las misteriosamente apacibles composiciones para viola de gamba y teclado escritas por Couperin, notas sutiles e inmensas que contrastan tanto con la pompa y las fanfarrias versallescas como con el actual adocenamiento.
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| Sísifo, 1549. Tiziano |
II Pero, al que solo es hombre, ¿quien le canta?. Ángela FigueraMis conocimientos y habilidades solo me permiten ser un mero glosador de la obra de otros, una especie de exégeta medieval que escribe para aprender y cuyo único mérito consiste en tratar de desbaratar el orden impuesto por el idealismo culturalista, no en favor del nuevo Desorden mundial que promueven las grandes fortunas, sino para rearmarlo todo en su versión no autorizada, es decir, desde el punto de vista de quienes ocupan el banco inferior de los remeros, mujeres y hombres cuyo testimonio ha sido silenciado, unas veces de forma violenta y otras privándolos de las capacidades y los medios necesarios para comprender los motivos por los que nunca cumplirán sus sueños. Para ellos, interpretar su propia existencia aprisionada contra el relato hegemónico nunca ha sido fácil. No solo porque este se ha consolidado a lo largo de la historia y porque quienes lo han elaborado han sido los mejores teóricos, sino porque, como escribe Horkheimer, el sistema solo puede ser criticado por quienes viven de él. "Los otros, los que tienen la ocasión de conocerlo desde abajo, son desarmados mediante la despreciativa connotación de que están amargados, deseosos de venganza, son envidiosos". De las “corteses y hambrientas razones” de uno de esos otros gigantes sobre cuyos hombros empapados de sudor barato (Ángela Figuera) también nos hemos alzado (Sancho) he aprendido que no hay que mayor virtud la buena voluntad ni peor defecto que la falta de respeto, básicamente porque ambas están al alcance de todos. Don Quijote y el canónigo de Toledo, posible interlocutor de Cervantes, dan a Sancho el mismo consejo: para ser buen gobernador, lo primero es tener buena intención. Por lo que a los desconsiderados se refiere, parafraseando a Luciano Canfora podríamos decir de ellos que su mayor placer es gritar NO a los infelices. Según Borges, lo más importante de un autor es su entonaciónIII Las perlas no hacen el collar; es el hilo. G. Flaubert
En ocasiones, lecturas que iluminan la existencia me han enmudecido de tal manera que cualquier cosa que hubiese dicho yo habría sido decir menos. Este es el caso del drama social de John Boynton Priestley titulado Ha llegado un inspector del que solo me he atrevido a tomar una cita; también de Los hundidos y los salvados, de Primo Levi, ensayo al que solo he podido unir otra frase del mismo autor para comentar su relación con Jean Améry. En realidad, quien no reciba un relámpago de entendimiento con la lectura de tales obras no lo recibirá de comentario alguno. Por contra, escritores o textos de renombre o no me gustaron o no los entendí. Entre los primeros está Haruki Hurakami; entre los segundos, paradójicamente, el poema de Octavio Paz titulado “Vida sencilla”. Cuando el penúltimo verso de este poema dice que aspira a que al morir le alcance el perdón siempre me pregunto: ¿perdón de qué y de quien?
Los libros son temas de discusión, pero su lectura se dificulta cuando se convierten en modelos conceptuales, teóricos y metodológicos compartidos por una comunidad científica o profesional para abordar problemas específicos en un campo particular. Por contra, para comprender algo es necesario salirse del tema. Estos breves textos son una excusa para aportar mis opiniones de manera problemática y transversal, es decir, estableciendo relaciones discutibles que poco o nada tienen que ver con las reseñas habituales o con la enumeración de datos biográficos a los que cualquiera puede acceder sin gran esfuerzo. Juan de Mairena sabía que los libros son vida acumulada, por lo que es imposible fijar fronteras entre literatura, realidad y filosofía. Cuando digo que mis ensayos no cuentan nada nuevo no lo hago con falsa modestia. Soy un mediador que tiene muy presente la opinión de Iván Petróvich Voinitski acerca de su cuñado: "...este hombre, durante exactamente veinticinco años, escribe sobre arte sin comprender absolutamente nada de arte…Durante veinticinco años exactamente, mastica las ideas ajenas sobre realismo, naturalismo y toda otra serie de tonterías…Durante veinticinco años lee y escribe sobre lo que para la gente instruida hace tiempo es conocido y para los necios no ofrece ningún interés…". Por si fuera poco, la presencia en las páginas que siguen de algunos autores es mayor de lo que dejan ver las numerosas citas o referencias expresas que hago de sus obras. Sin embargo, pese a todo, suscribo lo que dijo Charles Bukowski acerca de sus versos: he hecho poemas horribles, pero no tan horribles como muchos de los que he visto publicados.
IV Inevitablemente, la palabrita ≪yo≫ aparecerá en estas paginas con mas frecuencia de lo deseable, sobre todo, siempre que no pueda sin mas atribuir también a terceros mi experiencia personal. J. Amery
Una de las partes más autobiográficas de este ensayo lleva el mismo título que el capítulo 28 de El hombre sin atributos, de Robert Musil:: “Un capítulo que se lo puede saltar quien no estime las consideraciones introspectivas”. Este conjunto de textos es también la parte que más veces ha cambiado de nombre. Primero lo llamé Yo lo vi y pronto sabré quien soy, conjunción de un verso de Borges y de una anotación manuscrita por Goya en una estampa en la que representa los sufrimientos de la población en pleno avance de las tropas francesas mientras el clero y los propietarios huyen abrazando una bolsa de dinero. También tuve la tentación de titularlo Confesiones, no por envanecimiento autobiográfico ni porque pretendiera imitar a San Agustín, sino más bien por todo lo contrario. En el primer caso porque mis experiencias carecen de interés. Es verdad que son las de una generación acerca de la que todavía queda casi todo por decir, pero soy incapaz de hablar de ellas de forma impersonal. En el segundo, porque lo que necesito es recuperar la concupiscencia antes de perderla por completo. También porque la intención de Agustín tenía más de adoctrinamiento que de autognosis. Rechazo toda celebración de la Felix Culpa, pero especialmente la que surge del error. Agustín no dominaba la lengua griega, lo que le hizo malinterpretar a San Pablo con el lamentable resultado de condenar injustamente a quienes aún no habían nacido por un olvidado pecado original para luego consolarlos ideológicamente en la esperanza. Como escribe F. Hinkelarnrnert, Agustín usa palabras de Pablo para designar lo contrario de lo que para él significaron. Los Padres de la Iglesia ya se habían referido al pecado original, pero ni ellos ni las Sagradas Escrituras lo presentaron de forma tan alevosa como el severo Doctor de la Gracia. Agustín, quizás para compensar sus propios excesos de juventud, no se conformó con entenderlo como una herencia que recibimos pasivamente de Adán y Eva, sino como la perversa conducta que cada uno de nosotros renueva por culpa de un deseo sexual que ni José Arcadio Buendía ni Úrsula pudieron reprimir pese a temer que su hijo naciese con un rabo de cerdo. Agustín debió sufrir tanto como Cioran pensando que los santos habían surgido de un espermatozoide. Ni a los pintores de la Edad Media ni a Miguel Ángel en los frescos que decoran la Capilla Sixtina se les ocurrió representar a Adán y Eva sin ombligo, cicatriz innecesaria para quienes no habrían nacido de mujer. En general, todas las religiones cargan con temores y culpas irracionales a quienes eran buenos desde antes, sin que a cambio logren hacer bueno a ningún malo.
VEscribir es vivir. José Luis Sampedro
Después de pasar por el Gran teatro del mundo no es difícil que a uno se le ocurra algo acerca de lo que ha vivido o leído en los grandes libros, aunque solo sea por desagravio o para quitarle el terciopelo a los que no lo son. Me pregunto que harán los ágrafos con las penas que junto a ellos durmieron fatigadas de la lucha diaria para ofrecer batalla con mayor furia al despuntar la alborada (Juan Ramón Jiménez).


Miedo me da aquí emborronar la blancura de lo no dicho, pero aunque sé que no te importa, me parece aún más injusto que textos tan interesantes como profundos no encuentren algún eco, siquiera aparente. Un abrazo, amigo.
ResponderEliminarMuchas gracias. Me lo paso bien relacionando papelotes y con eso es suficiente. Política y artísticamente estoy muy lejos de Pessoa, pero comparto con él ideas como esa de que "si lo que deje escrito en el libro de los viajeros pudiera, releído un día por otros, entretenerlos también durante el pasaje, estará bien. Si no lo leyeran, ni se entretuvieran, también estará bien". Un abrazo, amigo.
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