"La estupidez prospera porque es funcional al mantenimiento del statu quo: distrae, homogeneiza y neutraliza la capacidad del pensamiento crítico". Theodor Adorno
Adorno sostiene que todo niño nace con una curiosidad viva y una capacidad de sentir y explorar, pero la sociedad, la educación clasista y la industria de la conciencia aplastan esa voluntad. La acumulación de cicatrices a lo largo de la vida lo mismo puede dar lugar a un pensamiento crítico que a la estupidez en la que desaparece todo rastro de lucidez y de capacidad para experimentar el dolor ajeno. “La reproducción de la estupidez, que antes tenía lugar de una manera inconsciente, bajo el dictado de la mera penuria, es obra ahora (una vez eliminada la penuria) de la triunfante cultura de masas”. Los eslóganes y los prejuicios ocupan el lugar del pensamiento. En el capitalismo tardío, la intersección entre estupidez, mentira y autoritarismo culmina en el fascismo. La degradación fascista es la simplificación extrema de la realidad socialmente inducida que se trata de combatir con bondadosas recomendaciones al civismo y la empatía ignorando que la estructura social moderna invalida estos ideales en la práctica. La sociedad exige renuncias constantes y reduce la autonomía real del sujeto, hiriendo su su sentido de valía e importancia personal. Ante la incapacidad de realizarse como individuos libres, las personas transfieren esa necesidad de importancia a un grupo, nación, raza, partido o masa. El colectivo arrebata la verdadera individualidad, pero a cambio otorga una falsa sensación de poder y pertenencia, mecanismo psicológico clave tras los movimientos autoritarios. Los argumentos son ya inútiles. Si algo puede revertir la situación es la fidelidad al dolor y el mantenimiento con viva de la capacidad de conmoverse ante el sufrimiento real.

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