sábado, 24 de enero de 2026

Introducción. La estupidez prospera porque es funcional al mantenimiento del statu quo: distrae, homogeneiza y neutraliza la capacidad del pensamiento crítico.

 



 

 Adorno sostiene que todo niño nace con una curiosidad viva y una capacidad de sentir y explorar, pero la sociedad, la educación clasista y la industria de la conciencia aplastan esa voluntad. La acumulación de cicatrices a lo largo de la vida lo mismo puede dar lugar a un pensamiento crítico que a la estupidez en la que desaparece todo rastro de lucidez y de capacidad para experimentar el dolor ajeno. En este último caso, los eslóganes y los prejuicios ocupan el lugar del pensamiento. En el capitalismo tardío, la intersección entre estupidez, mentira y autoritarismo culmina en el fascismo. La estupidez fascista es la simplificación extrema de la realidad socialmente inducida. La única forma de combatirla es la fidelidad al dolor y mantener viva la capacidad de conmoverse ante el sufrimiento real, en lugar de promover el pensamiento positivo, las distracciones del consumo o el cinismo.

 La estupidez y la mentira que prosperan al abrigo de la libertad de prensa tampoco son un accidente. Al desarrollarse en el marco de la sociedad de consumo y la industria cultural, la libertad de prensa y la libertad de expresión general se convirtieron en la libertad de fabricar, consumir y difundir mercancías de opinión. Adorno recuerda que Balzac vio con claridad como los periodistas y los críticos culturales no eran neutrales, sino agentes de comercio que anuncian, tasan y orientan el consumo de los bienes del espíritu. “Que a continuación se les confiara el papel de experto y finalmente el de juez era inevitable desde el punto de vista económico, pero casual por cuanto respecta a la cosa”.


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