La genialidad de la actual positividad tóxica reside en su capacidad para transmutar la opresión en un objeto de gratitud. No solo habitamos una vida falsa, sino que se nos educa para celebrar las condiciones de nuestra propia servidumbre. Al presentarse como el proveedor exclusivo de bienestar, ocio y sentido, el capitalismo tardío exige una lealtad emocional que anula la protesta. Esta gratitud por la alienación crea un círculo vicioso: el sujeto agradece el consuelo que el mismo sistema le vende para aliviar el dolor que el propio sistema le provoca. Así, la resistencia se vuelve casi imposible, pues cuestionar la totalidad se interpreta como un acto de ingratitud hacia el 'progreso' que nos alimenta. En este escenario, la verdadera moralidad no consiste en ser agradecidos, sino en recuperar la capacidad de decir 'no' a una armonía que se construye sobre la negación del sujeto." La vigencia de la Dialéctica Negativa propuesta por Adorno reside precisamente en su negativa a cerrar la herida.

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