La carta robada, de Poe afirma que el mejor lugar para esconder algo es a plena vista. Ahí es donde se oculta la ideología. La ideología no es un mensaje secreto que una sociedad de sabios encierra en un sótano: está en los anuncios, en la forma en que cerramos una puerta, en los memes y en como organizamos el día. Es tan cotidiana que se vuelve transparente. Como la carta, está ahí, pero dejamos de verla porque la aceptamos como lo normal o el sentido común. Ya nada se transmite mediante discursos complejos, pero menos la ideología porque su esencia es la superficialidad, la diversión y
las frases
motivacionales que simplifican problemas estructurales
(pobreza, salud mental, desigualdad)
como
si fueran solo una cuestión de
actitud personal. La
ideología es un sistema de representaciones, imágenes y conceptos
que estructura la vida social. Una de sus funciones consiste en
ocultar las contradicciones y la explotación del sistema,
haciéndolas parecer naturales o inevitables. La tecnología es hoy la
cobertura perfecta porque se presenta como "neutralidad
técnica", pero al mismo tiempo es la fuente porque genera
nuevas formas de subjetividad (el yo como mercancía) y control que
antes no existían. El
sistema ya no necesita fieles,
sino usuarios
porque el
algoritmo
está programado bajo los valores de quien lo crea y mantiene. Creer
que la tecnología es neutral es, en sí mismo, una postura
ideológica en la medida en que todo
diseño tecnológico ya trae consigo una intención, una jerarquía y
una visión del mundo. Un
algoritmo de selección de personal no es objetivo, sino que está
entrenado con datos históricos que pueden arrastrar prejuicios. Sin
embargo, al decir que es neutral, se permite a quienes la controlan
que operen sin rendir cuentas, bajo el disfraz de una objetividad que
no existe. Cuando el sistema que ellos organizan se vuelve tan
dominante que deja de ser
cuestionado pasa a llamarse realidad e ideología a todo proyecto que
proponga cambiarlo.
El presente ensayo es ideológico.

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