El relato oficial vendía la Transición como una fiesta de libertad y se desentendieron del resto. Se subvencionaron conciertos y revistas modernas, pero se descuidó la responsabilidad sobre los alumnos y se rompía el tejido industrial que les debía dar empleo. Cuando la realidad del paro y la precariedad les golpeó, muchos sintieron que habían fracasado personalmente, cuando lo que había fracasado era un sistema económico y político que no los tuvo en cuenta. Se fomentó el individualismo para culpar a los que iban cayendo en el averno por no haber sido lo suficientemente espabilados o responsables. Culpabilizar a la víctima descargando el peso en la familia libera a la sociedad. Fueron los conejillos de indias de una libertad para la que nadie les dio recursos. Fue una generación que creció en un limbo histórico: demasiado jóvenes para la lucha antifranquista, pero lo suficientemente adultos para recibir el impacto brutal de un cambio social violento y acelerado. La droga fue una epidemia que diezmó barrios enteros y justo cuando la libertad sexual empezaba a ser una realidad tras décadas de represión, apareció el "cáncer rosa". Para los jóvenes de los 80, el sexo y la muerte se entrelazaron de una forma traumática. En España se hacían ajustes duros para entrar en la Unión Europea y el paro juvenil alcanzó cifras astronómicas: en Andalucía, entre los menores de 20 años, llegó a superar el 50%. Muchos jóvenes se encontraron con que en el futuro brillante que prometía la democracia no había sitio para ellos. Se pasó de los neones de 1982 al rigorismo económico de los 90, dejando a los supervivientes de los 80 como caricaturas de un pasado que el país quería olvidar pronto para ser serio.
Hoy en día se suele mirar la estética de los 80 con una condescendencia burlona. Esa risa es una forma de negar el trauma. Es más fácil reírse de las hombreras y los pelos cardados que reconocer que debajo de ese maquillaje había una juventud que estaba siendo diezmada mientras el país celebraba su entrada en la modernidad. Como la generación de l868-7, la de los ochenta es también “aquella España que pasó y no ha sido”, pero de cuya pérdida todos se desentienden porque, al parecer, no tenía motivos para fracasar: vivieron la democracia en la imaginación. Todas las víctimas merecen reconocimiento, no solo algunas. Es muy fácil y políticamente rentable señalar las faltas del adversario o exigir reparación para víctimas que encajan en un relato ideológico concreto, pero es mucho más difícil reconocer a aquellas víctimas que ponen en evidencia la propia negligencia o errores de cálculo. Incluso dentro de los movimientos culturales de la época hay quienes, tras sobrevivir y prosperar, perpetúan el mito

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