martes, 14 de abril de 2026

EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE NOVIEMBRE. Introducción

 


La libertad y la democracia española de 1978 abrieron muchas puertas, pero en la década de los ochenta volvieron a quedar cerradas para la enésima generación “perdida”: jóvenes que se habían marchitado en los programas televisivos del tardofranquismo y que ahora se debían conformar con una “movida” falsamente transgresora sin más base económica ni cultural que la de quienes se forraron a costa de las privatizaciones y los saraos nocturnos a cuya salida esperaba el pasado. La Generación de los ochenta española se sigue viendo como una panda de hedonistas superficiales que solo querían beber y drogarse. Pero ese hedonismo no era falta de compromiso, sino consecuencia de una realidad económica y política que les dejó sin las oportunidades anunciadas. La estética de neón y los sintetizadores ocultan una realidad de orfandad institucional. El “No Future”, popularizado en Europa a mediados de los años setenta llegó a España con cierto retraso y también con particularidades. A diferencia del punk británico, que era perseguido por el sistema, la Movida fue financiada y promocionada por los primeros ayuntamientos democráticos y el gobierno del PSOE. El lema del alcalde Tierno Galván, "¡Rockeros: el que no esté colocado, que se coloque!", es el ejemplo perfecto de un poder que decía: "Divertíos y no hagáis política". Tras el desencanto de la Transición, los sindicatos y los movimientos vecinales perdieron fuerza. El poder vio en la "modernidad" una forma de canalizar la energía juvenil hacia el consumo, el arte y el ocio, alejándola de las huelgas y la militancia radical. España necesitaba proyectar al exterior que ya no era un país gris y dictatorial. La Movida fue la "marca España" perfecta: joven, colorida y liberal, ocultando bajo el neón la reconversión industrial y el paro estructural que estaba destruyendo los barrios obreros. Mientras en las canciones se hablaba de botes de Colón o de chicas de ayer, en los barrios periféricos la heroína hacía estragos. El sistema permitía (o ignoraba) el consumo descontrolado porque un joven "enganchado" o centrado solo en la fiesta era un joven que no cuestionaba el orden económico.mientras Arthur Seaton en la novela de Sillitoe se rebelaba contra el sistema mediante el ocio, en España el sistema abrazó el ocio para que la juventud no se rebelara contra él.

 El relato oficial vendía la Transición como una fiesta de libertad y se desentendieron del resto. Se subvencionaron conciertos y revistas modernas, pero se descuidó la responsabilidad sobre los alumnos y se rompía el tejido industrial que les debía dar empleo. Cuando la realidad del paro y la precariedad les golpeó, muchos sintieron que habían fracasado personalmente, cuando lo que había fracasado era un sistema económico y político que no los tuvo en cuenta. Se fomentó el individualismo para culpar a los que iban cayendo en el averno por no haber sido lo suficientemente espabilados o responsables. Culpabilizar a la víctima descargando el peso en la familia libera a la sociedad. Fueron los conejillos de indias de una libertad para la que nadie les dio recursos. Fue una generación que creció en un limbo histórico: demasiado jóvenes para la lucha antifranquista, pero lo suficientemente adultos para recibir el impacto brutal de un cambio social violento y acelerado. La droga fue una epidemia que diezmó barrios enteros y justo cuando la libertad sexual empezaba a ser una realidad tras décadas de represión, apareció el "cáncer rosa". Para los jóvenes de los 80, el sexo y la muerte se entrelazaron de una forma traumática. En España se hacían ajustes duros para entrar en la Unión Europea y el paro juvenil alcanzó cifras astronómicas: en Andalucía, entre los menores de 20 años, llegó a superar el 50%. Muchos jóvenes se encontraron con que en el futuro brillante que prometía la democracia no había sitio para ellos. Se pasó de los neones de 1982 al rigorismo económico de los 90, dejando a los supervivientes de los 80 como caricaturas de un pasado que el país quería olvidar pronto para ser serio.

 Hoy en día se suele mirar la estética de los 80 con una condescendencia burlona. Esa risa es una forma de negar el trauma. Es más fácil reírse de las hombreras y los pelos cardados que reconocer que debajo de ese maquillaje había una juventud que estaba siendo diezmada mientras el país celebraba su entrada en la modernidad. Como la generación de l868-7, la de los ochenta es también “aquella España que pasó y no ha sido”, pero de cuya pérdida todos se desentienden porque, al parecer, no tenía motivos para fracasar: vivieron la democracia en la imaginación. Todas las víctimas merecen reconocimiento, no solo algunas. Es muy fácil y políticamente rentable señalar las faltas del adversario o exigir reparación para víctimas que encajan en un relato ideológico concreto, pero es mucho más difícil reconocer a aquellas víctimas que ponen en evidencia la propia negligencia o errores de cálculo. Incluso dentro de los movimientos culturales de la época hay quienes, tras sobrevivir y prosperar, perpetúan el mito


 

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