La cultura en sentido amplio lo abarca todo: poesía, armas químicas, cárceles, comidas de empresa o platillos volantes; pero aquí me conformaré con escribir sobre algunas de sus manifestaciones culturales e intelectuales. Ambas, juntas o por separado, han servido a las sociedades para poner orden y belleza en el caos que supone la vida en común, pero también para forjar una imagen sólida y bella del poder que implique o aplaste a quienes deben someterse a su magnificencia y prosperidad. La cultura y el pensamiento no solo son lo que aparentan, sino también la violencia con la que se han ido tallando a lo largo de la historia.
El ensayo es un género literario que no quiere ser como aquel retratista que, según Concepción Arenal solo sabía hacer perfiles. Al ensayo le sientan mejor las barricadas que las alambradas porque prefiere vivir abierto a la crítica entre la producción artística y la intelectual. El ensayo es argumentador, polemista y su materia es la reflexión personal, pero nunca la arbitrariedad, de ahí que se rebele contra el dominio de lo huero que nos hace tomar por extravagantes a quienes rechazan lo insustancial. En los textos siguientes abundan las referencias transversales porque, en mi opinión, tres de los problemas de la difusión cultural actual son su falta de causalidad, la reiteración de lo ya conocido y la incomunicabilidad entre las distintas “disciplinas”, no digamos ya entre estas y los puños crispados de la vida cotidiana en “donde ninguna mirada del Cielo penetra” (Las flores del mal, Baudelaire).

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