Mientras Don Quijote duerme confiado, el cura, el barbero y los demás confabulados lo atan de pies y manos. Al despertar, el barbero, con la voz impostada y disfrazado de espíritu, pronuncia una profecía: para contraer matrimonio con Dulcinea debe volver a su aldea encerrado en una jaula de madera montada sobre un carro de bueyes. Don Quijote acepta quedarse en ella porque forma parte del encantamento; sin embargo, en un primer momento percibe que ese método de transporte no coincide con lo que él ha leído en los libros de caballería. Pese a ello, como nos ocurre a todos, acaba normalizando lo que es absurdo y atribuye la anomalía al cambio de los tiempos. Sancho le dice que en su prisión y desgracia tienen "más parte la malicia que el encanto” y que “presupuesta, pues, esta verdad, síguese que no va encantado, sino embaído y tonto”. Pero Don Quijote tira de su cultura libresca para contradecirlo y engañarse a sí mismo.